-¡No te soporto!, ¡Siempre estás igual!, grrr.... voy al baño.-
Al llegar al pasillo, la chica se sorprendió.
Una niña pequeña, con largos cabellos negros, la observaba imperturbable.
Siempre se había sentido perseguida por sus miedos, pero aquello ya era demasiado.
Gritando, volvió a la habitación a la que no quería volver
e intentó refugiarse en los brazos de ese chico, que poco la podía proteger...
Él, sintiendo el miedo que desprendían sus ojos,
empotró la cama contra la puerta para evitar que los invadiese a los dos.
Ella, se apresuró a saltar por la ventana para intentar huir de esa situación.
Se sintió aliviada al sentir como su pierna se deslizaba por los barrotes de metal verde
que aseguraban el balcón de su vecina.
Él, en un intento de seguirla, vio como se le truncaba la oportunidad
al verse envuelto entre el miedo y la felicidad, lo que odiaba y lo que amaba...
Miedo que siempre le acechaba pero aquello ya era demasiado.
Trataba de zafarse con todas sus fuerzas
de esa niña que le amarraba el pie con fuerza,
mientras ella, su amor,
tiraba de sus brazos para llevarlo a su lado.
Él, muñeco de trapo,
se dejaba llevar, ya no luchaba,
tal vez pensó que en realidad no merecía la pena seguir luchando...
En ese momento, ella, se sintió viva, con fuerza.
En ese momento ella, se sintió como una niña
a la que le han quitado el pañuelo que tenía en los ojos.
Se sintió tal y como se sentía, aquella niña ciega,
que en sus sueños,
lloraba porque por fin, aunque sea sólo metafóricamente hablando,
había conseguido cumplir su sueño:
Ver el mar.
Náriël Curnamo.